Todos de alguna manera, los utilizamos. Tenemos cristales en joyas, en casa, en la oficina, los llevamos como amuletos, en el monedero. Hemos oído algunas de sus propiedades, los hemos visto en la calle, en locales comerciales, en revistas o en internet.
El cuerpo humano está compuesto por diversas sustancias, entre ellas el silicón dióxido, que casualmente es la misma de los cristales de cuarzo. Nuestra correspondencia con el cristal es notoria. Sin embargo debido a nuestra naturaleza emocional, nuestras emociones fluctúan respondiendo a las influencias externas que recibimos. Esto altera las frecuencias vibratorias que nos son propias. El cristal de cuarzo no está sujeto a estos altibajos vibracionales manteniendo su frecuencia uniforme.
¿Qué sabemos de su espíritu y conciencia?
Los cristales son para los pueblos originarios, seres consientes que experimentan emociones, sienten rechazo o afinidad, se agotan o recuperan. Son sagrados, ya que participan del Gran Espíritu como una de sus criaturas queridas.
Debemos dar cuidado y atención especial a nuestros cristales, ubicarlos en lugares alejados del tránsito de personas y ruidos, con la luminosidad y condiciones de ambiente adecuados. Se deben limpiar energéticamente para mantenerlos saludables y felices.
Los cristales son los hijos de la naturaleza. Ella les da nacimiento, los pone en el mundo a nuestro alcance, para que todos podamos convivir en plena armonía, aprendiendo unos de los otros. Volver